Ciertamente, todo el mundo alguna vez ha actuado hipócritamente en algún periodo de su vida o la totalidad de su vida y me incluyo en tal estadística; reconociendo que soy un condenado incongruente con mi manera de actuar y ser, proyectando una afición por la doble moral cuando me conviene y no creo ser el único cara dura egoísta que sorpresivamente lo admite.
Nos convencemos de que formar una opinión de mi conducta depende de muchos intereses personales y evidentemente cuando nos juzgan es una especie de tercera guerra mundial escudriñando a los demás, pero aquí no existe el juicio que apunta con su dedo corrupto proclamando un sinnúmero de valores porque entramos todos al mismo matadero; somos seres humanos defectuosos, extraños, que muchas veces necesitamos tener la razón y engañarnos con conductas que nos rozan y se arrastran como gusanos que suben por los pies hasta el mismísimo trasero y aún así seguimos dejando atrás la realidad a la que pertenecemos. Nuestra realidad...
Y nos sentimos auténticos, justificando nuestras faltas con mentiras, porque todo el tiempo estamos expuestos a caer en esa trampa asquerosa, marcando la hipocresía inestable de nuestra moral que es deshonesta hasta con nosotros mismos y qué probablemente somos capaces de vendar nuestros ojos generando facetas para caer bien ante los demás; y nos guardamos las espaldas enriquecidóla con acciones que siempre irán de la mano en nuestro favor conscientemente, acomodando los principios éticos y creencias a beneficio personal ¡Muy cómodo no!
Y lo que somos, una sociedad de gentes postmodernistas irresponsables de nuestros actos hacia los demás; violadores de consciencia y aunque no lo reconozcamos abiertamente, hipócritas!
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